Se paró unos segundos frente a la puerta, medio tonto, medio triste, impaciente, tembloroso. Apagó el televisor, para entender el frío, el ruido que tiene, para salir hasta él. Sin bailar, ni silbar, ni levantando la palma de su mano, como se acostumbra en los cuentos : sino para sentir la lluvia sucia, para mojar la zuela de sus zapatos y enfermarse de locura, de valor.
Dobló justo en la esquina que lo atemorizó siempre, caminó por la calle de medianoche, cerrando los ojos justo debajo de un farol defectuoso, para perder el sentido, o ganar uno, quién sabe.
En un trote moribundo, entre pequeños saltos y estornudos, quizo reír. ¿En qué momento se le habrá extraviado la risa?¿En qué persona, en qué mujer se le quedó?
Ignoró el pudor y el frío, la conmoción que causaba en la gente que lo miraba medio dormida desde las ventanas de los edificios, y corrió. Sin reír, ni llorar, ni bailar ni cantar; apenas oía un leve gemido, ese que a él se le escapaba, de cansancio y de miedo, débil, pero auténtico, infantil, casi gozoso.
Se cayó una vez y otra peor, se mordió la lengua de torpe y perdió las ganas...Se detuvo, ante la mirada lejana y anónima de unos cuantos ojos en las alturas, se paró en una piedrecita del camino. Levantó la cara. Alzó los brazos, y entre llanto y risa, entre niño y viejo, temblando grito:
-¡Ayuda!
domingo, 30 de enero de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario