Ya estaba en su hogar, sin remordimientos, ni ligereza tampoco.
¿Qué otra opción tenía? ¿Que otra manera había?
De seguro, lo recordará el resto de su vida. La acosará el recuerdo, la culpa, aquel rostro ajeno.
Se desnudó, se elevó hasta la punta de sus pies, y, alzando los brazos, caminó hasta la ducha.
El agua, fría, golpeaba su cara, sus ojos cerrados.
-"No me arrepentiré jamás"-dijo, mirándose al espejo, con algo de piedad.
Decidió que se vería bonita, decidió el rojo, el vestido, un collar, un perfume también.
Descalza, encendió la radio para conmoverse, para embriagarse de algo que no entendiera, ¡cómo le encantaban los violines!¡pararse frente a la ventana! Y dirigir la orquesta, al tiempo justo, la rabia justa, los ojos cerrados y la música entrando por sus dedos y su boca. El publico aplaudía, perdonaba y sonreía, mientras ella subía el volúmen de su radio, mientras los vecinos se molestaban, la segunda pieza, mientras llegaba la medianoche, la tercera pieza, y más, ¡toquen más fuerte!¡más sentido!¡a piacere!
Sonó el teléfono y todo calló.
-"María, te juro que..."- no quizo escuchar más, no quizo saber más, ya había sido suficiente.
Se acercó esta vez , mucho más a la ventana, mucho más al público espectante, mientras estaba todo en silencio. Necesitaba un segundo de su atención.
-"...Damas, y caballeros..."- susurraba, en una delicada reverencia , tomando su falda con las manos- "...Niños..."- siguió, levantando sus manos y falda. Ahora tenía alas.-"...Y niñas..."
Su cuerpo ya la había dejado. Se inclinó hacia adelante y despegó, surcó el aire, voló. Voló un segundo y dos.
Nunca, nunca había sido tan feliz.
domingo, 30 de enero de 2011
Ave María
Presto
Dobló justo en la esquina que lo atemorizó siempre, caminó por la calle de medianoche, cerrando los ojos justo debajo de un farol defectuoso, para perder el sentido, o ganar uno, quién sabe.
En un trote moribundo, entre pequeños saltos y estornudos, quizo reír. ¿En qué momento se le habrá extraviado la risa?¿En qué persona, en qué mujer se le quedó?
Ignoró el pudor y el frío, la conmoción que causaba en la gente que lo miraba medio dormida desde las ventanas de los edificios, y corrió. Sin reír, ni llorar, ni bailar ni cantar; apenas oía un leve gemido, ese que a él se le escapaba, de cansancio y de miedo, débil, pero auténtico, infantil, casi gozoso.
Se cayó una vez y otra peor, se mordió la lengua de torpe y perdió las ganas...Se detuvo, ante la mirada lejana y anónima de unos cuantos ojos en las alturas, se paró en una piedrecita del camino. Levantó la cara. Alzó los brazos, y entre llanto y risa, entre niño y viejo, temblando grito:
-¡Ayuda!
Carta.
Corro. Tan rápido vuelo y salto por los escalones de este piano interminable. Y me acuerdo de todos, a todos los recuerdo, como si quisieran haberse conservado en mi bitácora, con una fotografía que los hace a todos tan bellos como son, tan bellos. Ahí está mi primer beso desgraciado, mis resbales, ahí están. Ahí están mis gritos, cada vez que no quise escuchar el veneno de este puto mundo, ahí está mi decisión de proteger cada vena que pude de la ponzoña de ese infierno ascendente y tan tranquilo, tan perfecto.
No dejaré de correr nunca, nunca dejaré que el sonido se apague, que se apaguen esas ganas de romper, de trazar líneas curvas y enredadas, con mis dedos, o los ojos. No desmayaré, no me quitaré los ojos nunca ni los cubriré con mis palmas.
¡Seré! Seré la última gota de rocío, la que quede tras el sol y las lluvias, me convertiré en ese esbozo de divinidad que se alumbra si alguien lo necesita, si alguien quiere renunciar.
A todos, a todos quienes me miran desde la memoria, esa cordillera infinita; a todos pido me miren. Les entrego mi espíritu. Soy una canción interminable que se extingirá en cada cosa, en cada uno. Mis restos formarán parte del amor.
Seré un niño atrapado por el viento, capturado por el verde y los aromas, desapareceré en lo inmenso de nuestro gran corazón.
Debajo del cielo, declaro mi vida eterna.
miércoles, 19 de enero de 2011
En ocasiones adicto al desequilibrio, fanático de vértigo, hambriento de abismos, pequeños y hogareños abismos; en ocasiones celoso de las mariposas, exquisita libertad de alas, que tanto anhelo, que tanto pido, cada vez que soplo alguna vela o se me cae una que otra pestaña.
Cada vez, cada vez, cada vez, que decido bailar.
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